• En su paso por la entidad, Raquel Araujo Madera, directora artística del Festival Internacional de Dramaturgia Contemporánea, reflexiona con CONARTE sobre la creación en Nuevo León, sus miradas, sus creadores y su forma de acercar el arte escénico a las audiencias diversas.

Monterrey, Nuevo León. – El teatro no es solo representación; es un acto de resistencia y un motor de pensamiento crítico.


Así lo reafirmó Raquel Araujo Madera en una reciente charla para CONARTE, en la que desmenuzó la esencia de DramaFest, un festival que en su más reciente edición convirtió a Monterrey en el epicentro de un diálogo internacional con Polonia, en una actividad en la que activamente colaboró la Secretaría de Cultura del estado.


Para Araujo, Nuevo León no es un territorio ajeno. Con una trayectoria que la ha traído al estado como jurado, tallerista y espectadora, reconoce en la entidad un referente histórico del teatro nacional. En esta ocasión, el festival no solo trajo puestas en escena, sino que sembró una estructura de intercambio pedagógico y creativo que busca dejar una huella imborrable en la comunidad artística nuevoleonesa.


En el corazón de la escena teatral contemporánea, el DramaFest se ha consolidado no solo como un festival, sino como un organismo vivo que respira a través del intercambio cultural. En su reciente edición en Nuevo León, el festival trajo consigo una propuesta audaz: un diálogo profundo entre la dramaturgia polaca y la mexicana, utilizando el escenario como un espacio para el pensamiento crítico y la formación de comunidad.


Uno de los puntos clave de DramaFest es su enfoque en las audiencias. Araujo explica que, aunque el festival busca atraer a nuevas personas, su prioridad es el público fidelizado: ese espectador crítico y comprometido que ya existe en Nuevo León.


“Hacer un festival es como hacer una programación dentro de otra. El espectador aquí es concentrado y maduro; entiende que el teatro polaco, por ejemplo, tiene una densidad y un tempo distinto al mexicano”, comenta la directora.



Para aquellos que no frecuentan las salas, DramaFest utiliza “ganchos” estratégicos: figuras reconocidas del cine y la televisión (como Paloma Woolrich o Enrique Singer) y la curiosidad que despierta una cultura aparentemente lejana como la de Polonia.


Y es que más allá de la exhibición misma de una puesta en escena, como ocurrió aquí en la edición del festival a la que acudieron los públicos que incluso llenaron los asientos de las funciones ofrecidas, se trata también de indagar sobre la pedagogía teatral, de tal forma que el festival se sostiene sobre dos pilares formativos que buscan cerrar el círculo entre el creador y el espectador.


Con la presencia de Arthur Paliga, los dramaturgos locales no solo vieron su obra, sino que trabajaron en ejercicios de escritura diaria y reflexión, eliminando intermediarios entre el maestro y el estudiante.


Se analizó aquí la tendencia alemana de la pedagogía teatral en un taller innovador que se enfocó en el espectador. En lugar de imponer una interpretación de la obra, busca entender cómo la recibió el público, qué fibras emotivas se despertaron y cómo generar un espacio lúdico para quien observa.


Un aspecto destacado por Araujo es la potencia de la identidad teatral de Nuevo León. En el festival, se seleccionó la obra “Toda Somos Sherezada”, de Luis Guerrero, dirigida por Víctor Hernández, a quien le concede ser una “poética regiomontana” y cómo esta se instaura como un faro nacional.


Araujo resalta que directores como Hernández y Alberto Ontiveros (Gorguz Teatro) han construido una “poética propia, identitaria” (como la aridoestética), que evita la imitación de modelos europeos o del centro del País.


“Es fundamental que miremos hacia los estados. En Monterrey hay un pensamiento situado que fortalece la identidad; no se trata de homogeneizar el teatro, sino de entender cómo el acento y la ritmicidad local aportan al mapa universal”.


La curaduría de la edición 2025 se basó en el concepto de anacronías: cómo temas del pasado (el nazismo, el comunismo o la violencia familiar) regresan al presente con una mirada crítica.


Tanto en las obras polacas como en las mexicanas, el núcleo de la familia aparece como un microcosmos del País. El teatro, entonces, funciona como un “eterno retorno” que obliga a preguntarse: ¿Se quiere seguir repitiendo estos moldes o se puede imaginar un futuro distinto?


DramaFest en Nuevo León no fue solo una serie de funciones, sino una muestra de gestión pública impecable y hospitalidad técnica. Como lo dice Araujo Madera: “el arte es el capital cultural que nos permite disfrutar la existencia y comprendernos como especie en un siglo 21 que se presenta ‘rudo’”.


El festival deja a su paso vínculos de largo plazo, colectivos de dramaturgos en formación y la certeza de que el teatro, aunque parezca reducido al pensamiento, es la vía más hermosa para transformar la realidad diaria.


Más información en conarte.org.mx y redes sociales @conartenl.